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CAMINO DE LA
CRUZ DE CARAVACA

INICIO > QUÉ HACER > RELIGIOSO > CAMINO DE LA CRUZ DE CARAVACA > EL TEMPLE EN MURCIA Y CARAVACA

EL TEMPLE EN MURCIA Y CARAVACA

La presencia de esta Orden Militar en el Reino de Murcia viene unida al proceso de reconquista de este reino musulmán por parte cristiana, en el siglo XIII, siendo en época del rey Alfonso X El Sabio cuando se consolida la posesión castellana, aunque no exenta de presencia aragonesa en momentos diferentes de este siglo y primeros años del siguiente. Así, por algunos autores se ha especulado con el hecho de que la Orden del Temple ya se instalara en Caravaca el año 1244, vinculándolo a la conquista de Lorca y a la intervención del maestre del Temple Martín Martínez en el Tratado de Almizarra, entre Castilla y Aragón, recibiendo Caravaca y Cehegín como tenencia (no como bailía), la cual habría sido dada previamente en esa condición, el año anterior, a los aragoneses Berenguer y Gombart.

Por otra parte, también se especula con el hecho de que dicha donación se hiciera el año 1257, si bien en este caso el rey Alfonso X únicamente entregaría a la orden Caravaca y Cehegín, ya que en ese mismo año el monarca hizo que Bullas pasara a depender de Mula, que era realenga.

Sin embargo, una de las hipótesis de más peso al respecto es la que vincula la presencia templaria en la zona con el hecho de la sublevación mudéjar de 1264. Según esta hipótesis Jaime I, suegro del rey castellano, acudió en su apoyo ante la referida sublevación, actuando en los años 1265 y 1266, acompañado por el Lugarteniente del Temple en Aragón, Pedro de Queralt, y una nutrida tropa de esta Orden. De ahí que, una vez pacificada Murcia, Jaime I concediera a la Orden del Temple varias casas en la capital y un huerto limitado en dos partes por los muros de la ciudad. Y además, promovería ante el rey Alfonso X el establecimiento de una bailía que tendría su cabeza en Caravaca y que abarcaría territorios de Cehegín (con la excepción de Canara) y Bullas.

El hecho de barajarse hipótesis se debe a la escasez de documentos al respecto, siendo el primero de los conocidos en ese sentido, hasta hoy, uno de 1271, a raíz de la firma de una concordia entre la Orden del Temple, García Martínez (Electo de Cartagena que no llegaría a ser consagrado Obispo) y el Cabildo de Cartagena, sobre pago de diezmos eclesiásticos de Caravaca.

De cualquier modo, en la segunda mitad del siglo XIII los templarios ostentaban esta importante bailía, si bien con avatares como el que sucedió el año 1285. Concretamente en el segundo semestre de ese año, siendo bayle o comendador templario de Caravaca Bermudo Menéndez, tuvo lugar la ocupación atribuida a Alí Mohamet, alcaide musulmán de Huéscar (Granada), sin resistencia alguna, del castillo de Bullas. No obstante, si bien el hecho se produjo, en 1285 la villa de Huéscar se mantenía en manos de la orden de Santiago, por lo que los sarracenos invasores podrían proceder de otras zonas del reino de Granada, colindantes y cercanas a la bailía de Caravaca, como pudieron ser Vélez Blanco o Vélez Rubio, en la actual provincia de Almería.

Monumento a Sancho IV

El hecho en sí tuvo lugar, como se deduce de un documento del rey Sancho IV, de enero de 1286, que se expresa en los siguientes términos:

'Bermudo Menéndez, comendador que era de Carauaca e de Cehegin porque dio el castillo de Bullas a los moros e tiene estos dos castillos en nuestro deservicio e viene desto gran daño a toda la tierra que es cerca de allí'

Se considera que, a raíz de este acontecimiento, el rey Sancho IV retiró a la Orden del Temple el territorio y la jurisdicción sobre la bailía de Caravaca, convirtiéndose en jurisdicción dependiente directamente del rey. Al mismo tiempo ordenó la demolición del castillo de Bullas, por considerarlo inseguro para la defensa de los intereses cristianos en el territorio.

Tras un periodo de tiempo que se considera corto, la bailía volvería de nuevo a los templarios. No obstante existen diversas opiniones al respecto y lo cierto es que no existe una evidencia documental de cuándo este territorio volvió a la Orden. Incluso algún autor, caso de Juan Manuel del Estal, atribuye la presencia santiaguista en Caravaca ya en 1296, 1304 y 1316. Ello significaría que Sancho IV habría hecho entrega de estos dominios a la Orden de Santiago (ya implantada en la vecina Moratalla). Sin embargo da la impresión de que en el contenido de esa atribución pudiera existir alguna interpretación no conforme, como comprobaremos más adelante.

Esta situación, referida al año 1296, tiene como conexo el hecho de la intervención de Jaime II de Aragón en el Reino de Murcia con la idea de anexionárselo y cerrar a Castilla su salida al mar Mediterráneo. Ocupó el reino, haciendo ciertas concesiones a las órdenes militares, con el fin de evitar su resistencia, lo que implicaba la confirmación de sus comendadores al frente de las encomiendas. No obstante la presencia del Temple en Caravaca parece incuestionable, según se deduce del siguiente documento, fechado en Mula el 30 de mayo de 1296, publicado por Juan Torres Fontes:

Noveritis nos recepisse sub nostra custodia comenda ac guidatico speciali, loca de Caravacha et de Çefagi quae sunt in Regno Murcie. Ordinis Templi.
De donde se deduce claramente la presencia templaria en Caravaca en esa época.

Además, el mismo autor últimamente referido constata que el 12 de junio de ese mismo año Jaime II recibía homenaje de fidelidad del comendador templario Lope Pays, asegurándole a cambio su favor real. También de ese documento se deduce que Caravaca ya había sido ocupada por las tropas aragonesas con anterioridad al mes de junio.

De todos modos llama la atención que Juan Manuel del Estal establezca que el 3 de agosto de 1296 el rey dio «orden al comendador santiaguista de Caravaca, Cehegín y Bullas, Fray Lopez Pays (sic), de restituir a los judíos Yuzeff y Abulazar los bienes incautados». Torres Fontes, por el contrario, razona la misma situación pero considerando a Lope Pays comendador templario. Y el mismo Del Estal hace constar que el 30 de diciembre de 1304 Jaime II se dirigiría al «maestre santiaguista don Juan de Osorez sobre asuntos de heredamientos en Caravaca ». Y efectivamente en esa época don Juan Osorez era maestre de la Orden de Santiago, sin embargo, como veremos a continuación, Caravaca en ese año era templaria. Concretamente el 8 de agosto se firmaba la Sentencia Arbitral de Torrellas (Zaragoza) por la que se reintegraba a Castilla el Reino de Murcia, si bien la parte septentrional, es decir la correspondiente a la gobernación de Orihuela, quedaba en manos de Aragón. A través de la referida sentencia se conoce el nombre de otro de los comendadores templarios de Caravaca: Beltrán de Ribasaltas, quien comienza la nueva etapa castellana y en 1305 se hallaba al frente de la bailía caravaqueña.

Según Torres Fontes, el último comendador templario de Caravaca conocido fue Juan Yáñez, a quien tocó testimoniar la confirmación que el maestre Rodrigo Yáñez, tras el Capítulo General de Zamora, hizo a Cehegín del Fuero de Alcaraz, el año 1307.

Tras la desaparición de la Orden del Temple, a partir de 1310, sí parece que estas tierras pasaran a disposición de la Orden de Santiago, si bien la propiedad efectiva no la obtuvieron hasta el año 1344, en época de Alfonso XI. No obstante, ya el 20 de febrero de 1316, según Del Estal, existen referencias al «comendador santiaguista de Caravaca, don Alfonso García», lo que puede significar el establecimiento de una encomienda santiaguista que abarcara únicamente el ámbito territorial del municipio de Caravaca.

Hasta aquí las reseñas históricas de la Orden del Temple y su presencia en el Reino de Murcia, teniendo como principal referente a Caravaca y su bailía. El tiempo total de permanencia de esta Orden en el lugar estuvo en torno al medio siglo, años arriba o abajo. Durante ese tiempo sin duda hubo un trasiego significativo de los componentes de esta Orden entre sus encomiendas y bailías y, en muchos casos, en dirección a los Capítulos Generales, convirtiéndose así en un importante factor de difusión de la realidad fronteriza que se vivía y de la presencia de la Vera Cruz, cuyo culto sin duda ya se inició bajo la égida templaria.

Así pues, no es en absoluto descartable el nacimiento de incipientes corrientes de peregrinación hacia este lugar, y desde él y sus aledaños hasta Santiago de Compostela. La abundancia, tanto en Castilla como en Aragón, de enclaves templarios, al fin y al cabo, protectores de peregrinos, se constituiría en un importante factor impulsor de esos movimientos. Bien es verdad que si la documentación acerca de la presencia templaria escasea, mucho más aquella que pudiera fijar la presencia de peregrinos en uno u otro sentidos. Sin embargo esos movimientos existieron, dada la época teocéntrica en que se constituyó la Edad Media y las corrientes de peregrinación en busca de las reliquias.

Torres Fontes, al resumir el papel templario en la zona escribió sobre «las muchas dificultades que encontraron los comendadores templarios, pero su buen hacer dejó profunda huella, que se mantiene entre leyenda y realidad, en aceptable tradición, ya que hicieron efectivos sus dos más caros objetivos: culto a la Cruz y defensa de la frontera.»

LA FRONTERA CONLOS RESTOS DE AL-ÁNDALUS (S.XIII-XV)

Ya en época musulmana, seguramente en el propio siglo XI, con el nacimiento de los Reinos de Taifas, Caravaca y su entorno se constituyeron en zona fronteriza, afectando a Murcia, Granada, Almería y Jaén, lo que dio pie a que se levantaran fortalezas, frente a las propias incursiones islámicas, en los Poyos de Celda, Caravaca, Moratalla, Benizar, Cehegín o Bullas.

En el siglo XIII, concretamente tras la batalla de las Navas de Tolosa (1212) y la contundente victoria cristiana, se rompe el equilibrio relativo que hasta entonces había existido en la Península Ibérica entre musulmanes y cristianos, al tiempo que se abrió el valle del Guadalquivir a las milicias cristianas. Así, entre los años 1224 y 1264 prácticamente toda Andalucía, desde Sierra Morena hasta las Subbéticas, y desde Jaén hasta la costa de Huelva, pasaron a formar parte del reino de Castilla. Sería el rey Fernando III El Santo (1217-1252) el principal impulsor de ese proceso, mientras que su hijo, el príncipe Alfonso, después Alfonso X El Sabio (1252-1284) consolidaría la conquista del Reino de Murcia.

En ambas empresas los monarcas castellanos encontraron un importante apoyo de las órdenes militares, fundamentalmente el Temple, Santiago y Calatrava. De ahí que éstas se beneficiaran en los repartimientos y se establecieran en muchas zonas, principalmente las fronterizas. En el caso del Reino de Murcia la más beneficiada fue la Orden de Santiago, a la que habría de sumarse, tras la sublevación mudéjar de 1264, la del Temple en el Noroeste de dicho Reino, como ya hemos visto. Ambas órdenes desarrollaron los procesos de repoblación de los territorios y defensa de la recién establecida frontera, de la que Murcia se erige en parte importante en su área occidental, con los restos de Al-Ándalus.

Precisamente en el siglo XIII, tras la integración de estas tierras en el reino de Castilla y la consolidación del reino nazarí de Granada, la frontera adquiriría una personalidad seguramente inédita hasta entonces. Bien es verdad que los acuerdos con los reyes castellanos y los conflictos internos de la propia Castilla conllevaron largos periodos de paz entre los dos reinos. Sin embargo, la fuerte cimentación del reino de Granada y los problemas del de Castilla, dieron pie a cierto debilitamiento de las zonas fronterizas, que sería aprovechado por cristianos, almogávares y musulmanes para llevar a cabo incursiones en las franjas aledañas.

La frontera no era una línea tal y como hoy la concebimos en nuestras delimitaciones territoriales, sino una amplia faja de terreno o tierra de nadie extendida entre los reinos de Granada y Castilla, en nuestro caso abarcando áreas del Noroeste y de la comarca del Guadalentín. En ella, a finales del siglo XIII y fundamentalmente durante el XIV y la mayor parte del XV, se daban incursiones cristianas, denominadas "cabalgadas" o "apellido", en función del carácter que cada una de ellas tuviera, y que albergaban como función principal no la ocupación o conquista de territorio enemigo, sino que se trataba de hacer prisioneros para pedir rescate, llevarse ganados y debilitar la economía del otro quemando cosechas. Era la llamada «guerra chica ».

En el caso musulmán ocurría otro tanto. Sus incursiones se denominaban "razzias" y en ocasiones llegaron a recorrer buena parte del reino de Murcia, llegando incluso a las puertas de Orihuela. A ellas hay que sumar la acción de los almogávares granadinos, constituidos en verdaderas bandas armadas, que recorrían la frontera realizando pillaje y extorsión y buscando botín y ganancias a cualquier precio.

Los habitantes de la zona cristiana fueron organizados y dirigidos por las órdenes militares, estableciéndose sistemas de ataque y defensa. Esta situación motivó que las zonas cercanas al territorio fronterizo se convirtieran en despoblados y los pobladores, cristianos y musulmanes, a un lado y otro de la misma, habitaran en las cercanías de los núcleos fortificados, estableciéndose sistemas de alarma y vigilancia con el fin de prevenir los ataques y aprestar a la población a refugiarse y defenderse tras las murallas de las villas y, en último extremo, en los correspondientes castillos. Ello originó que en muchas ocasiones, como le ocurrió a Caravaca, se dieran situaciones de asedio a las poblaciones, debiendo recurrirse a veces al apoyo de tropas de otras poblaciones, incluso enviadas por el Adelantado del Reino de Murcia, en su auxilio.

En Caravaca, concretamente en el siglo XIV, el sistema de vigilancia se vio reforzado, mandándose construir, por el Maestre de Santiago don Lorenzo Suárez de Figueroa, una línea de atalayas o torres-vigía que en poco tiempo, por lo general por medio de señales de humo, seguidas del toque de campanas a rebato en los núcleos poblacionales, advertían de cualquier peligro enemigo. De ellas quedan dos testimonios en perfecto estado, cuales son las torres-vigía denominadas de La Represa y de Jorquera, cuyo contacto visual con el Campo de Caravaca y con el castillo de esta población es casi perfecto.

En esas circunstancias, la Cruz de Caravaca se convirtió en un importante emblema de avanzada de la Cristiandad frente al Islam. Un lignum crucis establecido en la frontera, símbolo de protección y objeto de culto y reverencia en la época. Y en esta época, a pesar de las dificultades someramente expuestas, ya se dieron peregrinaciones.
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LA CIUDAD SANTA
La ciudad de Caravaca de la Cruz es una de las cinco Ciudades Santas del mundo, junto con Roma, Jerusalén, Santiago de Compostela y Santo Toribio de Liébana. La concesión por parte de la Santa Sede de Roma a la Basílica-Santuario para celebrar el Año Jubilar a perpetuidad cada siete años y concederá indulgencia plenaria a los peregrinos que acudan a Caravaca ese año. El primero de ellos tuvo lugar en el año 2003 y a él asistió el papa Benedicto XVI. VER MÁS
LA SAGRADA RELIQUIA
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HISTORIA Y LEYENDA
Existe una leyenda piadosa, que ya puede ser considerada en sí misma como parte de la propia historia de Caravaca, rastreable en el tiempo seguramente hasta el siglo XIV. En todo caso, esta leyenda ya estaba corroborada en el XV, como se deduce de la representación gráfica en la Capilla de la Vera Cruz, en un paño o tapete donado en su peregrinación por el Infante don Enrique de Aragón, Maestre de Santiago, de una Cruz de Caravaca acompañada de dos ángeles, según se desprende de la constancia documental existente en la visitación que la Orden de Santiago giró a Caravaca en 1480. VER MÁS
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Esta Orden Militar, tanto por su trayectoria como por su trágica desaparición en 1312, ha dado pie al establecimiento de mitos en torno a ella, la mayor parte de los mismos salidos del campo del esoterismo, que han llegado hasta nuestros días y que han motivado la multiplicación de publicaciones de toda índole, algunas de las cuales no hacen precisamente justicia a la realidad del origen y justificación de su existencia. VER MÁS
EL TEMPLE EN MURCIA Y CARAVACA
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